Cuarenta años de castrismo: el callejón sin salida del nacionalismo pequeño-burgués

por Bill Vann
22 febrero 1999

En enero se cumplieron cuarenta años desde que Fidel Castro tomó el poder. Castro ha sobrevivido a ocho presidentes norteamericanos. Todos ellos trataron de derrocar el gobierno de Cuba, ya sea mediante fuerza armada, subversiones organizadas por la CIA, presiones económicas o asesinando al propio Castro.

Nadie en el gobierno norteamericano pudo predecir la longevidad del gobierno de Castro. Habiendo recibido el derrocamiento de Batista con buenos ojos y cierta ambivalencia, Washington inmediatamente le dijo a los líderes guerrilleros que no toleraría las más mínimas reformas en una isla localizada a 90 millas de las costa estadounidense.

Frente a las limitadas reformas agrarias adoptadas por Castro durante su primer año, el régimen norteamericano reaccionó con amenazas y demandando pago inmediato, algo imposible para el gobierno cubano. La política de Washington consistía en estrangular la economía cubana hasta que Castro cambiase de rumbo o fuese depuesto. Al ver que las masas cubanas habían reaccionado con altas expectativas sociales, Castro decidió desafiar a los Estados Unidos, embarcándose en un curso que culminaría con la dramática nacionalización del capital extranjero y nacional, y un viraje hacia el bloque soviético en busca de ayuda.

Estados Unidos respondió tajantemente, iniciando preparativos para una invasión organizada por la CIA, basada en su experiencia de 1954, cuando derrocaron al presidente guatemalteco Jacobo Arbenz. A la vez, se pusieron en práctica varios planes para asesinar a Castro.

Pero la invasión de Bahía de Cochinos en abril de 1961 fue un fracaso total para el imperialismo norteamericano. También fracasaron los intentos de asesinato, muchos de los cuales contaron con la participación de la mafia.

En las negociaciones que pusieron fin a la crisis de los misiles en octubre de 1962, los Estados Unidos formalmente le prometió a Moscú que no intentaría invadir la isla. Pero los intentos de asesinato continuaron bajo el operativo Mongoose de la CIA. Estos incluyeron desde conchas marinas explosivas hasta trajes de buceo y lapiceros envenenados. También continuaron los actos de sabotaje económico, incluyendo la contaminación del ganado cubano.

A pesar de los esfuerzos de la CIA, Castro sobrevivió al dictador Trujillo de la República Dominicana. Duvalier en Haití y todas las dictaduras militares que en América Latina tomaron el poder con la ayuda de los Estados Unidos durante los años 60 y 70. Sólo la dinastía de los Somoza duró más, 42 años.

Pero así como Washington no pudo predecir la capacidad de sobrevivencia del régimen cubano, tampoco los fervientes admiradores de Castro pudieron prevenir su destino. Algunos de los más fanáticos partidarios de Castro ha alabado sus 40 años en el poder como una muestra más de la genialidad del gran líder y de su habilidad para expresar las necesidades y aspiraciones del pueblo cubano.

Sólo un cínico, alguien completamente indiferente al sacrificio y sufrimiento humano, podría negar el heroísmo del pueblo cubano a lo largo de cuatro décadas de agresión norteamericana. Pero hay un tipo social específico entre los que han sido atraídos a la "causa cubana", basándose más en una fascinación por Castro como un "gran hombre" que en una real simpatía por los obreros y campesinos cubanos.

Muchos pequeño-burgueses encuentran consuelo en el rol paternalista de Castro, guiando y controlando a las masas, premiando y castigando, llevando adelante sus ya bien conocidas intervenciones personales para "enderezar" esta o aquella manifestación de la inmensa deficiencia de la sociedad cubana. A esta corriente pertenece un documente recientemente publicado por un periódico radical argentino que describe el régimen de Castro como "un esfuerzo brillante y hasta glorioso para mantener la independencia y dignidad latinoamericana tan sólo a 90 millas del imperio."

La concepción de Cuba como una isla de independencia en un mar de integración latinoamericana al mercado mundial dominado por bancos y multinacionales norteamericanas es todo lo que queda de esta capa socio-política. En un período anterior, durante la primera década del régimen de Castro, las expectativas sobre el "castrismo" eran mucho mayores, y esas ilusiones produjeron un terrible costo.

El legado político de Castro

En esa época los nacionalistas pequeño-burgueses a lo largo de todo el continente alababan a Cuba como el inicio de un nuevo camino revolucionario en el cual pequeñas bandas de guerrilleros serían suficiente para llevar a cabo una revolución social. En ese esquema se excluía la intervención activa, y mucho menos conciente, de la clase obrera como una precondición para la derrota del imperialismo y el derrocamiento del capitalismo. Hasta el campesinado, proclamado por los castristas como la fuerza más revolucionaria entre todos los oprimidos, fue relegado a un rol más o menos pasivo frente a los actos heroicos de los guerrilleros.

Aún una sección del movimiento trotskista mundial, un movimiento forjado en la lucha contra los intentos del estalinismo por subordinar a la clase obrera a las alianzas de Moscú con varios sectores de la burguesía, incluyendo a los nacionalistas de los países coloniales, encontró en el castrismo un pretexto para renunciar a la tarea de construir un partido revolucionario proletario.

Los resultados fueron desastrosos. Desde la desafortunadas aventuras del Che Guevara en Bolivia hasta el viraje hacia guerrillas urbanas por parte de ex-trotskistas en Argentina y Uruguay, incluyendo secuestros y robos de bancos, el camino cubano demostró ser un callejón sin salida. Sólo sirvió para separar a una generación deseosa de revolución y a la clase obrera, desorientando a las masas de trabajadores y debilitando su habilidad para impedir que los militares instalasen dictaduras y llevasen a cabo sangrientas represiones.

Más crítico aún, los cuadros revolucionarios forjados por la Cuarta Internacional se vieron liquidados precisamente en un período en que los obreros latinoamericanos estuvieron a la cabeza de luchas enormes, desde el Cordobazo argentino en 1969 hasta los repetidos intentos de los obreros chilenos de romper con las ataduras frentepopulistas bajo Allende.

Mientras tanto, Castro, tanto como cliente del bloque soviético y en sus intentos de asegurar estabilidad para su propio régimen, buscaba establecer lazos con la misma burguesía latinoamericana que intentaban derrocar a quienes se inspiraban en su propio ejemplo. En Perú, Ecuador y otros países, tal actitud llegó al punto de anunciar que hasta los militares entrenados por los Estados Unidos podían ser un vehículo de progreso social. En México, el corrupto aparato del PRI podía ser perdonado por la masacre de estudiantes en 1968, siempre y cuando el gobierno mexicano mantuviese relaciones diplomáticas y comerciales.

Las derrotas de la clase obrera, preparadas por el viraje hacia las guerrillas, y la política castrista en América Latina, terminaron por descarrilar la revolución social en el continente y asegurar el aislamiento de la revolución cubana.

En tanto a su política interna, para 1970 el régimen de Castro había abandonado su utópico reclamo de estar llevando a cabo un desarrollo socialista independiente, después de la debacle económica provocada por el fracasado proyecto de producir 10 millones de toneladas de azúcar. La economía cubana quedó subordinada a la del bloque soviético en muchas maneras aunque con ciertos términos favorables, recreando la misma relación económica que había existido con el imperialismo norteamericano antes de 1959. Cuba siguió siendo un exportador de azúcar y materias primas a cambio de tecnología y productos industriales de la URSS y Europa Oriental.

Con la caída del Muro de Berlín y el colapso de la URSS, Cuba perdió entre tres mil millones y cuatro mil millones de dólares en ayuda económica soviética, y el 80% del mercado para sus exportaciones. El país entró en lo que el régimen de Castro llamó un "período especial". La características de este nuevo periodo son una creciente apertura a la inversión extranjera, combinada con un mayor ajuste en la ración de productos de necesidad básica para las masas cubanas.

Creciente desigualdad social

La prensa ha escrito extensivamente desde La Habana describiendo el sufrimiento de aquellos que no tienen acceso a dólares provenientes de algún pariente en el extranjero o del nuevo turismo en la isla y los males que lo acompañan (crimen y prostitución). El aumento de la desigualdad social entre los que tienen y los que no tienen acceso a dólares ha sido documentado ampliamente.

Hay algo profundamente hipócrita acerca de estos informes. Ni los autores ni las publicaciones se preocupan en indicar que la erosión de las condiciones sociales significan que la isla se parece cada vez más al resto de América Latina, con toda la pobreza, desigualdad y sufrimiento que el capitalismo ha producido durante siglos. Nadie se preocupa en comparar las condiciones del trabajador cubano con las de su contraparte en República Dominicana, Brasil o México, donde la pobreza y la opresión son un aspecto común de la vida diaria.

Los 40 años de Castro en el poder no se pueden explicar simplemente como una cuestión de represión política, si bien es cierto que su régimen oprimió brutalmente cualquier oposición política, particularmente aquellas que tenían signos de una oposición revolucionaria por parte de la clase obrera. Tampoco puede atribuirse a la habilidad de Castro de explotar el conflicto de la guerra fría entre el imperialismo norteamericano y la burocracia soviética.

A pesar de que el régimen nacionalista de Castro no logró, ni podía lograr el socialismo, se produjeron importantes beneficios sociales para la clase obrera cubana, aliviando la grotesca desigualdad social y opresión nacional que caracterizaban a Cuba durante la primera mitad del siglo veinte.

Más aún, Castro se benefició de la política de sus enemigos. Muy pocos en Cuba podían ver con buenos ojos el triunfo de medidas de estrangulamiento económico practicada por Washington, o el retorno de la burguesía cubana en el exilio y sus organizaciones como la Fundación Cubana Nacional y las agencias terroristas. La mafia de empresarios cubanos esperando retornar desde Miami y Nueva Jersey ha dejado en claro que inaugurarían su retorno con un baño de sangre antes de re-implantar la vieja opresión, corrupción y racismo servil a Washington.

Inversión capitalista y turismo

Sin embargo, aquellos que evocan las anteriores predicciones del fin del régimen de Castro, que no se cumplieron, con el fin de minimizar la presente crisis están hablan en vano. La repetición ritual de slogans tales como "socialismo o muerte" en el último discurso de Castro suenan cada vez más huecas, si se toma en consideración que el capital extranjero está jugando un rol cada vez mayor en la economía cubana y el turismo, el cual era considerado como la plaga de la Cuba prerrevolucionaria.

El gobierno cubano se está encargando de que las corporaciones extranjeras gocen de mayor seguridad y libertad para operar en Cuba ni mencionar los sueldos tan o más miserables que en el resto de América Latina. Sin embargo, el régimen regularmente interviene contra cualquier indicio de actividad económica capitalista dentro de la población cubana, desde restaurantes en la sala de una casa hasta alojamiento para turistas.

Significativamente, uno de los discursos de Castro celebrando el último aniversario, un discurso lleno de retórica y frases repetitivas, ocurrió ante la Policía Revolucionaria Nacional. En aquel discurso Castro pagó tributo a las unidades especiales formadas para la Vieja Habana con el fin de proteger a los turistas contra el crimen callejero.

"Estamos defendiendo el prestigio de nuestro país en la lucha contra el crimen," dijo. "El aumento del crimen desalienta al turismo." En el mismo discurso Castro reconoció el aumento de la prostitución y del robo en la capital. Dijo que la mayoría de estos incidentes involucraban a gente que habían llegado a la capital provenientes de las provincias.

Por primera vez desde la revolución de 1959, se están construyendo chozas en La Habana donde viven pobres obreros y campesinos provenientes del interior del país y que han llegado a la capital en busca de trabajo. Esta tendencia, muy común en toda América Latina, tiene un significado político muy definido. Uno de los objetivos de Castro era resolver la enorme desigualdad entre La Habana y las provincias. Esta desigualdad era resultado de la economía de pequeños cultivos, mediante la cual la riqueza pasaba del campo a la capital.

Otros puntos del discurso de Castro dejaron en claro que el comandante de 72 años piensa continuar con la política de jugar con las principales potencias. Esta vez, sin embargo, sus esperanzas no se basan en la Guerra Fría, sino en la creciente rivalidad económica entre el capitalismo estadounidense y sus rivales en Europa y Japón.

Por lo tanto, en el discurso principal que pronunció en Santiago de Cuba, a la vez que atacó la globalización capitalista y acusó a los EE.UU. y sus multinacionales por imponer políticas neoliberales e "inhumanas", alabó a las potencias europeas, declarando que la nueva moneda, el euro, era una alternativa viable al dólar.

Tal retórica es una expresión del creciente rol que el capital europeo está jugando en la economía cubana. Por ejemplo, las corporaciones españolas dominan la industria del turismo, y se acaba de completar la construcción de un hotel de lujo en el centro de La Habana con capital holandés.

Mientras tanto, el régimen de Castro continúa demandando que se levante el embargo económico impuesto por los EE. UU., culpándolo de los males en la isla. A principios de año, el periódico oficial "Trabajadores" dijo que el embargo le costó al país ochocientos millones de dólares en 1998 y más de sesenta mil millones en los últimos 40 años.

Si bien es cierto que el embargo económico ha hecho mucho daño, el régimen de Castro nunca se ha referido a lo que significaría la normalización de relaciones económicas con los EE.UU. ¿No será que esta normalización presentaría peligros mucho mayores que el embargo, planteando la restauración de la hegemonía yanqui que fue interrumpida hace cuarenta años?

Claramente esta es la visión prevalente en los directorios de los bancos y multinacionales norteamericanos. Precisamente, son las asociaciones de manufactureros que han estado presionando para que se levante el embargo económico, y muchas corporaciones han iniciado diálogos exploratorios con el régimen cubano y enviado representantes a la isla en busca de oportunidades para invertir.

Estos empresarios están preocupados que la política de la era de la Guerra Fría que Washington mantiene para hacer un ejemplo de Castro y porque lo exige la ultraderecha cubana en los EE.UU. tiene una desproporcionada influencia sobre los legisladores norteamericanos, está minando lo que es potencialmente uno de los mercados más lucrativos para el capital europeo.

El verdadero propósito de la política de Clinton de disminuir las restricciones de envío de dólares a Cuba es aumentar la acumulación de capital en la isla, con el fin de cultivar una oposición política dentro de Cuba. Tal como decía un documento del gobierno circulado a inicios de año, la nueva política, que permite a cualquier residente norteamericano enviara a Cuba hasta mil doscientos dólares anuales y le permite a organizaciones norteamericanas proveer recursos a grupos cubanos, está diseñada para "apoyar el desarrollo de una pacífica actividad independiente y una sociedad civil."

Las condiciones continúan deteriorándose para las masas latinoamericanas, con crecientes indicaciones que, después de dos décadas de "ajustes estructurales", toda la región está al borde de una debacle financiera. La crisis capitalista inevitablemente producirá una nueva ola de luchas revolucionarias en el continente. El éxito de estas luchas depende de la habilidad de la nueva generación de aprehender las amargas lecciones de la experiencia de 40 años de castrismo, y de la derrota de todos los movimientos guerrilleros que se basaron en el castrismo, y de construir una nueva dirección revolucionaria de la clase obrera basada en el programa del socialismo internacional.