El Gigante Dormido: El engaño y las mentiras acerca de la "nueva" clase obrera

por Nancy Hanover
20 agosto 2016

El nuevo libro de Tamara Draut, El Gigante Dormido, subtitulado, Cómo la nueva clase obrera transformará a EE.UU., comienza de forma audaz. “La clase obrera de hoy es un gigante dormido. Y ... justo ahora, comienza a descubrir su inexplotado poder político. El Gigante Dormido es la primera investigación importante sobre la nueva clase obrera y el papel que desempeñará en nuestro futuro económico y político”, proclama la cubierta exterior.

Este habría sido un objetivo importante. En examinar a la “nueva clase obrera”, por ejemplo, el volumen podría haber examinado el enorme crecimiento de la clase obrera internacional. Desde 1980, la clase obrera internacional ha crecido en más de 1,2 billones, incluyendo a 500

Millones más en China e India. Dentro de los países capitalistas avanzados, muchas de las profesiones liberales se han ido proletarizado cada vez más. Muchos obreros han sido empobrecidos con la creación de esquemas de varios niveles de pago, y de trabajos temporales y a tiempo parcial.

Un tema aún más importante en el libro es el papel futuro de la clase obrera. El Gigante Dormido podría haber explorado el desarrollo de la crisis económica mundial, su impacto y su trayectoria y, sobre todo, la tarea histórica de la clase obrera de ser “sepulturera del capitalismo”, siguiendo la célebre frase de Karl Marx.

La autora no examina nada de esto. En cambio, Draut define la “nueva” clase obrera como una colección de particularidades —nacionales, raciales, de género y étnicas— que trabajan en las industrias de servicios. El Gigante Dormido divide a la clase obrera en “negros”, “hispanos”, “inmigrantes”, “mujeres”, etc., e insinúa la concepción reaccionaria de que no es posible hacerle frente a la desigualdad social sin antes abordar el “legado de racismo”.

La innovación del libro, lo que lo distingue de los libros estándar sobre política de identidad, es su pretensión de reconocer la importancia de la clase obrera —de hecho, su poder para “transformar a EE.UU.”. Portentosas palabras, que, sin embargo, encubren su total hostilidad a una clase obrera políticamente independiente. Por el contrario, Draut pretende encadenar a la clase obrera a la política capitalista, a través de los profundamente corruptos y desacreditados sindicatos.

Draut es la vicepresidenta para Política e Investigación de Demos, un grupo liberal de expertos que ha publicado estudios importantes sobre la desigualdad social, el futuro de los jóvenes y la crisis de deuda estudiantil, y la quiebra de Detroit. Entre aquellos que originalmente organizaron Demos en el 2000 o que participaron en su primera junta directiva, están Stephen Heintz, David Skaggs, y Barack Obama (cuando era representante en el Congreso por el estado de Illinois). El primero es ahora vicepresidente del Instituto Este-Oeste (East-West), un grupo imperialista de “reflexión y acción”, originalmente establecido para la formulación de estrategias durante la Guerra Fría, que ahora asesora a las autoridades estadounidenses en Rusia, Oriente Medio, Asia Occidental y China. Skaggs es un congresista miembro del Partido Demócrata.

Draut al declarar su esperanza de que ésta se convierta en “la primera presidenta” expresa su entusiasmo por Hillary Clinton.

Sin embargo, es significativo que la autora haya elegido usar la frase “clase obrera” y que la describa como un gigante dormido. Esa frase indica la creciente preocupación dentro de los círculos de poder sobre la aceleración de la lucha de clases a nivel internacional, particularmente en Estados Unidos. Durante el último año, ocurrió la rebelión de los trabajadores del sector automotriz en contra de los contratos impuestos por su sindicato (United Auto Workers, UAW), los furiosos sickouts (táctica de ausencias en masa por enfermedad) por parte de los docentes, un reto tanto contra los sindicatos de maestros como contra el gobierno, y la lucha decidida de los trabajadores de Verizon, que lanzaron una huelga de casi dos meses, encarando los ataques y traiciones de su sindicato (Communication Workers of America, CWA).

Esta marea en subida de descontento social comienza a tomar una forma abiertamente proletaria, rompiendo la barrera de control de los sindicatos, mientras que por décadas la AFL-CIO (American Federation of Labor and Congress of Industrial Organizations,) y otras organizaciones sindicales maniobran par suprimir la lucha de clases, conteniendo las protestas obreras. Confundiendo a todos los encuestadores, millones de jóvenes y trabajadores dieron su apoyo al autoproclamado socialista, Bernie Sanders; aun después del firme respaldo de Sanders a Clinton, continúan oponiéndose a los candidatos de los dos partidos principales.

Huelguistas de Verizon en Nueva York, este año

Bajo estas condiciones, Draut y Demos aparecen para limpiarle la cara a la burocracia sindical y al sistema capitalista en general. Al igual que los liliputienses, la autora y sus colegas quieren que la clase obrera —si tuviera que “despertar”— esté atada de pies y manos a la burguesía. Intentan reforzar estas ataduras ideológicas con la promoción de política de raza, de género y de otras identidades.

La autora le da mucha importancia a su propio pasado de trabajadora y su “respeto” por empleados domésticos de salud y otros trabajadores que apenas sobreviven; sin embargo, su política inequívocamente es la de la capa pudiente de burócratas sindicales y funcionarios del Partido Demócrata, quienes tienen un interés personal en mantener el sistema tal como es. Al parecer, que los trabajadores reciban “respeto” en el trabajo parece ser prioritario en su opinión, a que aumenten sus salarios reales y tengan condiciones de trabajo dignas —una clara indicación de la evidente distancia social entre la escritora y su tema.

Draut apela los grupos políticos a favor de un “pacto mejor” para con los trabajadores con el objeto de apaciguar la lucha de clases, con un modesto aumento de sueldo. Y por “modesto” queremos decir bien modesto, como hace evidente su positivo entusiasmo por la campaña, “Luchen por $15” (Fight for $15).

La autora marca la desaparición definitiva de la "vieja" clase obrera con la quiebra de la ciudad de Detroit. Contrasta la disminución de la manufactura, la cual empleaba a 30 por ciento de los estadounidenses en 1970 con salarios proporcionalmente más elevados, con la “nueva clase obrera” empleada en trabajos de servicio que pagan salarios de miseria y con muy pocos beneficios. Los sectores de mayor crecimiento, señala, son el de alimentos y de ventas al por menor (11,7 por ciento de todos los empleos en Estados Unidos), de trabajos manuales (7,8 por ciento, no de manufactura, sino peones, transbordadores de material, conductores de camiones, trabajadores de limpieza, conserjes, jardineros, mucamas), de cubículos (6,4 por ciento, servicio al cliente u oficina en general), y de atención y cuidado (3.4 por ciento, cuidadores médicos, auxiliares de enfermería, cuidadores de niños).

Comentando sobre el impresionante aumento de la desigualdad social durante esta transformación de la fuerza laboral, Draut señala; En el mundo “Estados Unidos tiene el porcentaje más elevado de trabajadores que ganan salarios bajos, definido como salarios menores a dos tercios del salario medio... uno de cada cuatro trabajadores”.

Tales comentarios, sin embargo, van acompañados de un encubrimiento cuidadoso del papel desempeñado por el Partido Demócrata y los sindicatos para facilitar ese aumento en la explotación de los trabajadores. Draut evita mencionar la infame demanda de Obama, exigiendo que todos los obreros nuevos de la industria automotriz aceptaran un quite del 50 por ciento del salario normal como condición del rescate federal de General Motors y Chrysler, un cheque de billones de dólares para Wall Street, además de recortes de educación y de otros programas sociales. Tales verdades inconvenientes hacen añicos la tesis sobre divisiones raciales de El Gigante Dormido.

Las entrevistas de la autora con trabajadores son lo más destacado del libro. En contraste con la política de identidad de la autora, éstos describen una devastación social que ha afectado a la clase obrera de todos los colores de piel.

Damon, un ex almacenista de Coca-Cola, fue entrevistado cuando tenía 32 años de edad y ya estaba fuera de trabajo por discapacidad. Damon trabajó como "carguero", organizando órdenes de entrega, teniendo que alzar manualmente cajas de bebidas y apilarlas en plataformas de transporte.

Coca-Cola les paga a los "cargueros" a destajo, 8,4 centavos por caja. Draut, detalla, “Al principio de cada turno, se establecen las ‘cuotas de carga’, el número de cajas que deben acarrearse antes de irse de la bodega. 'Soy sin duda el número uno en preparación de órdenes’, explica Damon. ‘Debido a que nos pagan por comisión, trabajo duro. Pongo mi cuerpo en riesgo. Con el fin de ganar una buena vida cargando cajas, Hay que ser rápido”. “El año pasado, dijo, un compañero de trabajo se murió de un ataque del corazón mientras cargaba cajas”.

“No exagero, los cargueros siempre corren por la bodega para completar su cuota en tan pocas horas como sea humanamente posible, porque cuanto más tiempo se tarda uno para cumplir con la cuota, menor resulta el precio por hora”, la autora continua. “Ellos no pueden salir hasta cumplir su cuota, no importa el tiempo que sea. Damon dijo que él podía terminar su cuota en 6 a 7 horas, mientras que la mayoría de sus compañeros de trabajo necesitaban 11 o 12. Los obreros tiene dos descansos de 15 minutos y un almuerzo de 30 minutos, pero éstos no son remunerados. Damon explicó que una compañera de trabajo vive en un hotel de estancia permanente, en una de las peores zonas de la ciudad y otro en el lava coches de una gasolinera abandonada”.

Rhonda, de 36 años de edad, una conductora de camión en un terminal en Savannah, Georgia, como la mayoría de los conductores de camiones pesados, trabaja como “contratista independiente”. En esta categoría se exime a las empresas del pago de beneficios o de impuestos salariales, y de cumplir con ciertas leyes laborales estatales y federales, incluyendo la disposición de horas extras.

Técnicamente, la compañía C&K Trucking, alquila a Rhonda. Ella tiene que trasladar contenedores gigantes desde la terminal hasta un almacén o centro de distribución. Mientras que ella es la propietaria del camión, el chasis y otros equipos necesarios son arrendados por la compañía C&K. Como contratista independiente ella tiene a su cargo el pago del combustible, los seguros, los neumáticos y el costo de las reparaciones y los repuestos, incluyendo aquellos pertenecientes a C&K.

“Básicamente nos tratan como aparceros sobre ruedas, porque no podemos detenerlos y no podemos luchar contra ellos”, dijo Rhonda. “Nos presentamos todos los días y nos asignan las tareas ... Es difícil cuando se trabaja toda la semana, y después de una semana no alcanza para pagar los recibos, y mucho menos para pagar los gastos del camión”.

Los camioneros portuarios son pagados por contenedor. Rhonda recibe alrededor de $40 por cada uno, ganando $60.000 el año pasado, pero después de los gastos de mantenimiento del camión, se queda con $19.000 de ingresos imponibles. Rhonda, además, no califica para seguro médico porque no es “empleada”.

La situación laboral de estos trabajadores es una acusación tremenda en contra de la creciente brutalidad del sistema capitalista. Draut, sin embargo, no lo ve de esa manera. Ella atribuye este estado de cosas al racismo institucional del “privilegio blanco”, y el “privilegio de la visibilidad”.

Así que, mientras que proclama la existencia de una poderosa clase obrera nueva, le da la espalda y deliberadamente la eclipsa—“ciertas razas siempre han sido parte de ciertas clases, y ciertas clases de ciertas razas”. Este galimatías seudoizquierdista toma la categoría de “clase”—un concepto derivado de un análisis científico del modo de producción capitalista— y la transforma en parte de la noción "interseccional” del llamado ordenamiento de privilegio. Su objetivo es presentar el concepto de “clase” como una subcategoría de menor importancia de raza y género.

Draut culpa a los trabajadores blancos por la desigualdad social, afirmando que ellos “rompieron” el “consenso del New Deal” al apartarse del Partido Demócrata, el cual, afirma falsamente, representa sus intereses de clase.

Al situar la pérdida de puestos de trabajo bien remunerados en la década de 1970, Draut oculta cuidadosamente el hecho de que, desde ese momento, ha sido llevada a cabo una contrarrevolución social por cada administración de los partidos Demócrata y Republicano. El presidente demócrata Jimmy Carter inició este ataque en 1979 cuando puso a Paul Volcker al frente de la Reserva Federal. Le siguió la suba de las tasas de interés que precipitó la que fue en ese entonces la peor crisis económica desde la Gran Depresión.

Lo que siguió fue la destrucción de industrias enteras, consideradas insuficientemente rentables, el desplazamiento de la producción a países con salarios más bajos, y el papel cada vez más dominante de la especulación financiera en la economía de Estados Unidos. Durante este período, El Partido Demócrata abandonó todo lo que la conectaba con las medidas de reforma social del New Deal y se convirtieron en el principal partido de Wall Street .

Frente a este asalto, que fue acelerado por Reagan con el despido de los controladores de tráfico aéreo de PATCO en 1981, la AFL-CIO abandonó toda resistencia, se integró a la gerencia de las empresas, y, so pretexto de transformar a compañías estadounidenses en “globalmente competitivas”, traicionó una lucha tras otra.

No fueron motivos de “raza” los que dividieron a la clase obrera y la condujeron hacia estas derrotas; fue la agenda procapitalista y nacionalista de los sindicatos. Maniatada al Partido Demócrata, la AFL-CIO hizo todo lo posible para bloquear todas las luchas políticas independientes por parte de los trabajadores contra los ataques a sus condiciones de vida llevados a cabo por los dos grandes partidos de las grandes empresas.

Aun asi, Draut busca impulsar un proyecto racial de derecha, cosa que requiere una falsificación de la historia. “[E]n todas las elecciones presidenciales desde 1964”, afirma, “la mayoría de blancos ha votado por el candidato del Partido Republicano...algo debe estar pasando. Ese algo es la raza”. Ella va tan lejos como para afirmar que el que los trabajadores blancos hayan fracasado en “encarar” su sesgo racial ha resultado en la falta de una educación universitaria asequible, cuidado de niños a bajo costo, pensiones, etcétera en Estados Unidos.

¡Qué montón de embustes! De las muchas posibles refutaciones citemos sólo una: el 43 por ciento de los votantes blancos apoyaron a Obama en el 2008— por márgenes mayores que aquellos conseguidos por los demócratas John Kerry, Al Gore y Bill Clinton en las elecciones anteriores.

Aún más significativo es que en Michigan, Indiana, Wisconsin, Virginia Occidental y otros estados con un gran número de votantes de la clase obrera blanca, Bernie Sanders derrotó decisivamente a Hillary Clinton. Evidentemente ocurre un cambio general, hacia la izquierda.

La difamación de Draut contra la clase obrera ejemplifica la trayectoria de toda una capa de la clase media alta que ahora apoya a Clinton, una belicista y cómplice de Wall Street. Su fijación con la política de raza, género y orientación sexual conlleva el propósito de hacer avanzar su propia carrera en los ámbitos académico, empresarial y político.

Una motivación importante para la autora es nutrir su alianza con los sindicatos, cuyos líderes se han enriquecido mediante su asociación con la patronal y el Partido Demócrata para empobrecer a la clase obrera. Por ejemplo, Draut elogia el “sindicalismo de justicia social” de la Unión Internacional de Empleados de Servicios (Service Employees International Union, SEIU), resaltando su esfuerzos para organizar a cuidadores médicos a domicilio, su campaña "Justicia para los conserjes” (Justice for Janitors) y su patrocinio financiero a la campaña “Luchen por $15” de aumento al salario mínimo.

En realidad, la SEIU ha promovido la campaña de los aumentos del salario mínimo para crear ilusiones de la clase obrera en el Partido Demócrata y renovar su imagen después haberse visto implicados en negociados a puerta cerrada, contratos salariales miserables y enormes pagos para la burocracia, incluyendo a la actual presidenta del SEIU, Mary Kay Henry, que gana más de $300,000 de salario anual, más sus viáticos y otros gastos.

La iniciativa de aumentar el salario mínimo es otra estafa podrida perpetrada en contra de las capas más explotadas de la clase obrera. Con una mano, la SEIU y otros sindicatos venden el slogan “Luchen por $15”; y con la otra, negocian contratos que incluyen “clausulas de escape” para el patrón. Estas disposiciones les permiten a las empresas que firman contratos con los sindicatos pagar sueldos por debajo del nuevo mínimo. De esta manera, el sindicato recibe nuevas cuotas de los obreros, y la patronal obtiene una alternativa de “bajo costo”. ¡En este proceso sólo pierden los trabajadores!

Mientras que saca a la luz algunas de las condiciones que enfrentan millones de trabajadores con salarios bajos, este libro no ofrece ningún camino a seguir. La clase obrera de Estados Unidos — como sus hermanos y hermanas en todo el mundo —es de hecho un gigante dormido que se está despertando. En el horizonte se perfilan explosiones sociales, como lo serán las luchas contra la guerra, la desigualdad social y la amenaza de dictaduras. Bajo estas condiciones, los trabajadores y los jóvenes buscan cada vez más frecuentemente un programa socialista auténtico, es el único que lucha por la unificación de la clase obrera, independientemente de su raza, nacionalidad o cualquier otra división artificial promovida por los capitalistas y sus sirvientes que participan en el negocio de la política de identidad.