Masacre en Gaza

16 mayo 2018

El ejército israelí masacró a docenas de manifestantes palestinos desarmados e hirió a miles más en Gaza el lunes. En el momento en que ocurría esta atrocidad, una grotesca ceremonia a solo 80 kilómetros de distancia celebraba la apertura formal de la embajada estadounidense en la dividida y ocupada ciudad de Jerusalén.

Siendo este el 70º aniversario de la declaración de independencia de Israel, ambos eventos fueron cubiertos por la prensa simultáneamente, con las televisoras dividiendo la pantalla para mostrar el contraste de los incidentes. Sin embargo, no pudieron encubrir el hecho de que la inauguración de la embajada estadounidense no solo era un evento en perfecta consonancia con la masacre en la valla fronteriza que separa al empobrecido y ocupado territorio de Israel, sino que constituía una declaración manifiesta de apoyo político.

Para el martes, el número de manifestantes desarmados que habían muerto por tiros de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) en la frontera del este de Gaza había llegado a 60, además de 2.700 heridos, incluyendo muchos con lesiones graves por municiones reales que sin duda aumentarán la cifra de muertos. Un importante número de ellos perderá una o varias extremidades como resultado de los disparos de francotiradores israelíes. Los equipos de socorro palestinos reportaron no poder llegar a algunos de los cuerpos de manifestantes que fueron abatidos al acercarse a la valla fortificada.

Entre los muertos, hubo al menos 8 niños menores de 16 años, incluyendo uno de 12 años y una niña. Los heridos incluyen a 78 mujeres y 203 niños, según el informe del Ministerio de Salud de Palestina en Gaza.

Esta masacre deliberada de refugiados, quienes exigen el derecho a regresar a los hogares y pueblos de donde fueron expulsadas violentamente sus familias hace 70 años en torno al establecimiento del Estado de Israel, fue un crimen monstruoso.

La violencia letal desatada por el ejército israelí incluyó ataques aéreos, bombardeos con tanques y el lanzamiento de materiales inflamables a las tiendas de campaña donde se reunían las familias palestinas.

Tal violencia estatal desenfrenada no fue motivada por una amenaza letal de parte de las decenas de miles de manifestantes desarmados. Las FDI han matado a más de 100 palestinos, pese a no sufrir ninguna baja desde que comenzaron las protestas de la “Gran Marcha de Retorno” el 30 de marzo.

En cambio, el derecho básico exigido por los jóvenes que marchaban hacia el fuego de las armas israelíes representa una amenaza existencial para todo el proyecto sionista de forjar un Estado judío con base en exclusividad racial y religiosa por medio del despojo del pueblo palestino.

Todos aquellos involucrados en este asesinato masivo, comenzando por el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu y su gabinete, sus defensores en Washington, hasta los mismos francotiradores que dispararon son responsables colectiva y personalmente de crímenes de guerra. Como lo establecieron los juicios de Nuremberg para los criminales de guerra nazis, los soldados son capaces y están obligados a rehusarse a seguir órdenes ilegales para asesinar deliberadamente a civiles. Solo se puede contar con un ejército saturado con una ideología racista y de tendencia fascista para llevar a cabo tales crímenes.

La carnicería a lo largo de la frontera de Gaza fue tan criminal y reaccionaria como la atmósfera en la ceremonia de apertura de la embajada estadounidense, frente a una audiencia de políticos derechistas israelíes y estadounidenses, comandantes militares y líderes rabinos.

Estuvo presente Sheldon Adelson, un magnate de casinos de Las Vegas que ha invertido millones de dólares para financiar asentamientos sionistas en los territorios ocupados de Cisjordania y para la campaña presidencial de Donald Trump. También, asistió Joe Lieberman, el exsenador y candidato demócrata a vicepresidente que compuso la legislación estadounidense de 1995, la cual contaba con un apoyo abrumador de ambos partidos, para trasladar la embajada estadounidense de Tel Aviv a Jerusalén.

Recalcando el apoyo bipartidista a la política criminal de Israel, el líder de la minoría en el Senado, Chuck Schumer de Nueva York, celebró la apertura de la embajada en Jerusalén como un hecho “pendiente desde hace mucho tiempo”. Manifestó: “Aplaudo al presidente Trump por hacerlo”.

La oración de apertura fue dada por Robert Jeffress, un predicador baptista y derechista oriundo de Dallas que ha declarado que “todos los judíos se irán al infierno” y que el islam es “una herejía del pozo del infierno”. Se pronunció junto a un rabino israelí que ha descrito a las personas negras como “monos”. También participó otro “sionista cristiano” famoso, John Hagee, quien ha declarado que Hitler fue un “cazador” enviado por Dios para cumplir con la profecía bíblica de perseguir a los judíos hasta Israel. Tales son los amigos del Estado israelí.

Mientras que Trump apareció en video, el principal discurso fue dado por su yerno Jared Kushner, quien proclamó: “Apoyamos a Israel porque ambos creemos en los derechos humanos, una democracia que valga la pena defender y creemos en que eso es lo correcto”. Ningún otro acontecimiento podría dar una exposición más gráfica de los “derechos humanos” y la “democracia” que promueve Washington que su apoyo al asesinato masivo de protestantes civiles por el ejército israelí.

Kushner luego culpó a los palestinos por sus propias muertes, declarando ante una ronda de aplausos que “aquellos que provocan la violencia son parte del problema y no de la solución”. El lunes, se confirmó esta postura cuando un vocero de la Casa Blanca esquivó repetidamente la pregunta si Washington iba a llamar a Israel a contener su accionar. Insistió en que las “cínicas acciones” de Hamas, el partido islamista burgués que administra el territorio, eran las únicas responsables de la masacre.

La prensa corporativa ha hecho todo lo posible para ocultar la magnitud del crimen perpetrado en Gaza. Las televisoras en EUA le prestaron poca atención y no criticaron la salvaje represión de Israel. Es fácil imaginarse la reacción si tal masacre fuese llevada a cabo por el Gobierno ruso, iraní, venezolano o cualquiera que sea el blanco de los hipócritas imperialistas de los “derechos humanos”.

Las potencias europeas presentaron declaraciones tímidas sobre el baño de sangre en Gaza que tan solo pusieron de relieve su complicidad. La jefe de Asuntos Exteriores de la Unión Europea, Federica Mogherini, llamó a Israel a respetar el “principio de proporcionalidad de fuerza”, algo que claramente no hará, y le exigió a Hamas que las protestas “permanezcan estrictamente no violentas”.

Por su parte, los regímenes burgueses árabes que alguna vez mantuvieron una pose como defensores del pueblo palestino le han dado sus espaldas a la carnicería en Gaza. Para la monarquía saudí, la cual se ha alineado con EUA e Israel en preparación para una guerra regional con Irán, la represión es bien recibida.

El régimen egipcio del general Abdel Fatah al Sisi presentó una declaración hipócrita declarando que “rechaza el uso de fuerza contra marchas pacíficas que demandan derechos legítimos y justos”. Esto lo dice un Gobierno que consolidó su poder masacrando a 1.600 seguidores del presidente electo de la Hermandad Musulmana, Mohamed Mursi, quien fue derrocado con un golpe de Estado en el 2013. El régimen egipcio ha demandado que las protestas en Gaza se detengan, temiendo que la resistencia en masa tenga un efecto de contagio hacia su lado de la frontera.

A cambio de suprimir las manifestaciones, el Cairo ha ofrecido permitir el paso de comida, combustible, medicamentos y otros suministros esenciales embargados por Israel hacia Gaza. Tel Aviv ha cerrado su único paso fronterizo como represalia por las protestas, amenazando con hacer colapsar completamente la frágil infraestructura del territorio.

No hay ninguna diferencia fundamental entre las acciones del Gobierno israelí en Gaza y aquellas realizadas por los regímenes más reaccionarios en la historia, incluidas la matanza de indios en Amritsar en 1919 a manos del colonialismo británico, la masacre de Sharpeville en 1960 por parte del régimen de apartheid sudafricano y los crímenes del propio régimen nazi.

Los intentos de Israel de justificar su masacre de palestinos con referencias al Holocausto son moralmente obscenos, al igual que sus esfuerzos para intimidar a los que denuncien estos crímenes calificándolos de antisemitas. El lunes, el ministro de Seguridad israelí, Gilad Erdan, manifestó que el número de muertos en la frontera con Gaza “no es señal de nada, al igual que el número de nazis que murieron en la Guerra Mundial no vuelve al nazismo algo que se puede explicar o entender”.

Solo una sociedad profundamente desmoralizada y enferma podría producir tal comparación entre la desesperada juventud en Gaza, encerrada por el ejército israelí en un territorio donde enfrentan un desempleo del 60 por ciento, y una pobreza y privaciones masivas, y los nazis. La realidad es que la ocupación y represión israelíes han dado lugar a condiciones que se asemejan al gueto de Varsovia, incluida la multitud de francotiradores listos para matar a cualquier que intente escapar.

Israel es una sociedad y un país que se encaminan al abismo. Independientemente del apoyo de Washington y las otras potencias imperialistas, ante los ojos de millones alrededor del mundo, Israel no es más que un Estado criminal que ha perdido toda legitimidad moral y política. Ningún Gobierno que afirma ser democrático ha cometido atrocidades como estas jamás. Los crímenes en Gaza son el producto final de los métodos empleados para crear el Estado israelí hace siete décadas y todas las consecuencias que eso ha conllevado.

Detrás de los mitos sionistas de que Israel representa un “refugio seguro” para el pueblo judío, la agresión contra Gaza y la campaña de Tel Aviv para desencadenar una guerra más amplia en Oriente Próximo son en gran medida impulsados por la desesperación de la clase gobernante capitalista del país para desviar las tensiones sociales y entre clases hacia afuera por medio de la promoción de miedo, chauvinismo antiárabe y militarismo. Israel es el segundo miembro con la mayor desigualdad social de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), después de EUA. Mientras su tasa de pobreza es del 22 por ciento, tiene una de las concentraciones per cápita más altas del mundo de individuos con riquezas de más de mil millones de dólares.

Los sangrientos hechos en Gaza plantean con máxima urgencia la necesidad de unir a la clase obrera, sean árabes o judíos, a través de toda división nacional, religiosa y sectaria, en una lucha común contra el imperialismo, el sionismo y la burguesía árabe, y con base en un programa socialista e internacionalista.

No hay ninguna salida nacional al sangriento impasse que existe, ni en la continuación de un proyecto sionista sumido en crisis ni en la ilusión de la “solución de dos Estados” basada en la creación de un Estado palestino al estilo de Bantustán, bajo el control de una burguesía local corrupta.

Al mismo tiempo, la masacre en Gaza constituye una advertencia apremiante para los trabajadores internacionalmente. Los métodos salvajes de represión del Estado israelí son parte de un giro a la derecha de los Gobiernos capitalistas en todo el mundo. La indiferencia de la prensa y los Gobiernos burgueses hacia la masacre de manifestantes palestinos desarmados es una indicación de su predisposición a llevar a cabo y legitimar crímenes incluso mayores en cada país donde encuentren una resistencia de masas.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 15 de mayo de 2018)

Bill Van Auken