Elecciones mexicanas asestan golpe demoledor a viejos partidos gobernantes

por Don Knowland
4 julio 2018

En las elecciones presidenciales mexicanas del domingo, Andrés Manuel López Obrador (popularmente conocido como AMLO) del Movimiento Regeneración Nacional (MORENA) y su coalición con el Partido del Trabajo (PT) y el evangélico y conservador Partido Encuentro Social (PES) obtuvieron una victoria abrumadora que la prensa burguesa ha caracterizado ampliamente como un tsunami. López Obrador será investido el primero de diciembre.

La coalición electoral de MORENA obtuvo más del 53 por ciento de los votos, superando por 31 puntos a la coalición encabezada por el Partido Acción Nacional (PAN) y por 37 puntos a la del Partido Revolucionario Institucional (PRI). Estos son márgenes sin precedentes en la historia del país —ningún presidente en las últimas tres décadas ha ganado por más de 18 por ciento—.

La coalición de MORENA obtuvo sobradamente una mayoría en ambas cámaras del Congreso, con más de 60 por ciento de los escaños del Senado y 217 de los 300 curules o 72 por ciento en la Cámara de Diputados.

El PAN y los miembros de su coalición, el Partido de la Revolución Democrática (PRD) y el Movimiento Ciudadano (MC), se quedarán con solo 13 escaños en el Senado y 15 bancas o 5 por ciento en la cámara baja.

La coalición de MORENA también ganó la elección para el poderoso cargo de la jefatura de Gobierno de la Ciudad de México, además de cuatro de las ocho gubernaturas en juego. La coalición del PAN ganó tres gubernaturas, mientras que su aliado MC ganó la gubernatura en el estado de Jalisco, que incluye la segunda mayor área metropolitana del país, Guadalajara.

Los resultados electorales no son nada menos que una debacle para el PRI, el cual gobernó el país entre 1929 y el 2000, volviendo al poder para el último sexenio. Entre el 2000 y el 2012, hubo dos Presidencias del PAN. Si el PRI sobrevive, lo hará como un partido menor de oposición.

El PRI es ampliamente detestado por su corrupción en todos los niveles de la vida política, la incesante e intolerable violencia e inseguridad, el bajo crecimiento económico y el fuerte crecimiento de la pobreza y desigualdad social. Más de la mitad de la población —de 53 millones de personas— se ha visto relegada a una existencia miserable a un nivel de subsistencia, mientras que los milmillonarios y ultrarricos acaparan una proporción cada vez mayor de la riqueza nacional.

Las políticas del PRI fueron consolidadas en la legislación del “Pacto por México” de Peña Nieto, al cual se adscribieron el PAN y el PRD. Esto incluía la privatización de la industria energética y de telecomunicaciones de México, amplias “reformas” laborales y de libre mercado a expensas de la clase obrera y la transformación del sistema educativo por medio de ataques contra las cualificaciones, contrataciones y salarios de los maestros.

El derechista PAN, igualmente odiado por ser partícipe de estos ataques contra la población y por su propia corrupción, también se vio profundamente perjudicado.

El antiguamente “centroizquierdista” PRD, el cual postuló a AMLO para presidente en el 2006 y el 2012, está, para todo propósito práctico, difunto. López Obrador dejó este partido para formar MORENA dado que el PRD había apoyado el Pacto por México y formado alianzas electorales con el PAN.

Este terremoto electoral refleja la profunda crisis que vive el gobierno burgués en México y las aspiraciones de las masas trabajadoras a cambiar de curso.

Los ataques de campaña de López Obrador contra las políticas del PRI, PAN y PRD generaron ilusiones populares en que él ofrecía una salida fuera de este pantano. Se enfocó en promesas de finalizar la corrupción y la pobreza y hasta declaró que su victoria traería una cuarta “transición” o “revolución” histórica en México, equiparándola con la independencia de España, las reformas liberales de Benito Juárez, y la Revolución Mexicana de 1910, que terminó siendo influenciada profundamente por la Revolución Rusa y que promulgó una reforma agraria para el campesinado, junto a una ideología de progreso continuo para los “sectores populares” de México.

Sin embargo, en su discurso de victoria del domingo por la noche, AMLO actuó con una timidez excepcional hacia el capital nacional e internacional. Dejó abundantemente claro que no habrá cambios profundos en las políticas económicas y sociales.

López Obrador insistió en que la corrupción y su impunidad son la principal causa de la desigualdad social y económica y de la violencia y que erradicarlas sería la “principal misión” de su Gobierno. No será requerido ningún cambio importante en la política económica.

Mientras que no habrá impunidad para la corrupción en el futuro, sí prometió una reconciliación nacional — sin “represalias”—, asegurando de esta forma que los políticos corruptos, incluidos expresidentes y el mandatario actual, Peña Nieto, no serán enjuiciados. Esto significa que la desaparición y el presunto asesinato de los 43 normalistas de Ayotzinapa y de incontables otras masacres a manos de las fuerzas armadas estatales quedarán impunes.

López Obrador luego reafirmó que todos, incluyendo los “ricos”, podrán participar en esta reconciliación de todas las clases y sectores de la sociedad. Habrá “libertad empresarial”. Las expropiaciones a compañías y las confiscaciones de riqueza quedan fuera de toda consideración. Los impuestos no serán incrementados. La disciplina financiera y fiscal se mantendrá; la deuda pública no verá ningún aumento. El Banco Central de México seguirá siendo independiente.

Lejos de implementar su profesada oposición a la reforma energética, respetará los contratos de exploración y producción de petróleo para las petroleras extranjeras, excepto aquellos investigados por corrupción, los cuales combatirá solo si llega a ser necesario y según la ley en tribunales nacionales o internacionales.

Durante su campaña, muchos creían que AMLO solo les hacía garantías a los magnates empresariales y a los bancos y fondos de inversión extranjeros para atenuar la oposición a su candidatura. Pero, con la victoria en mano, es claro que sus promesas han sido completamente sinceras.

Después de votar el domingo, AMLO se reunió en privado con grandes empresarios para asegurarles que estaba siendo sincero. El expresidente del Consejo Mexicano de Negocios y una vez némesis de AMLO, el empresario Claudio X. González Laporte, les dijo a reporteros después de su reunión con AMLO que él les había asegurado, “tengo que serenar al país”. Y añadió entusiásticamente, “él es la persona que lo puede hacer como presidente electo quien tiene el mandato para hacerlo y lo debe aprovechar para serenar al país”. Al diablo con las demandas y descontento populares.

En su discurso el domingo por la noche, López Obrador también anunció que estaría colocando a exoficiales del PRI y PAN en cargos clave de su gabinete. Esto revela la naturaleza esencialmente derechista de su programa económico y la continuidad garantizada de las políticas antiobreras de ambos partidos.

Alfonso Romo, propietario de Vector Casa de Bolsa, la mayor empresa de gestión de fondos en América Latina, exasesor del presidente Vicente Fox (PAN) y un miembro del consejo consultivo para América Latina del Banco Mundial, será el coordinador de la Oficina de la Presidencia. Carlos Manuel Urzúa, antiguo secretario de Finanzas del Distrito Federal y por mucho tiempo consultor del Banco Mundial, será secretario de Hacienda. Ambos encabezarán el equipo económico y financiero de AMLO durante el periodo de transición.

Donald Trump, quizás el hombre más odiado en México —después de Peña Nieto— felicitó a López Obrador en un tuit el domingo por la noche, declarándose “listo para trabajar con” el presidente electo mexicano en beneficio de ambos países. Después tuvieron una llamada de media hora el lunes por la mañana.

AMLO reportó después que tuvieron un “intercambio respetuoso” en el que le propuso a Trump explorar un “acuerdo integral” sobre desarrollo para la generación de empleos en México, reduciendo así la migración y mejorando la seguridad. Discutieron la renovación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) junto a Canadá o la renegociación de un nuevo acuerdo por separado entre EUA y México.

Trump le indicó a la prensa en la Casa Blanca que él y AMLO, tuvieron “una gran conversación”, en la que discutieron seguridad fronteriza, comercio y TLCAN.

López Obrador ha sido considerado por todo el espectro político, incluyendo a la pseudoizquierda, como un “izquierdista”, pero ahora no podría ser más claro que MORENA y AMLO representan los intereses del capitalismo y de las capas privilegiadas de la clase media.

López Obrador se ha opuesto a las luchas de los trabajadores y oprimidos en México como las protestas contra el “gasolinazo” contra el espiral ascendente de los precios de los combustibles y las huelgas de los maestros, buscando suprimirlas con denuncias y apelaciones ilesas a entablar negociaciones.

Una Administración bajo López Obrador no responderá ni a la creciente turbulencia económica ni a las demandas de la clase obrera por medio de concesiones significativas, sino con ataques en nombre de los intereses de la élite financiera que ahora lo acoge. Esto solo puede conllevar una intensificación de las crisis que afectan México y nuevos peligros para la clase obrera.

Aquellos que se autodenominan izquierdistas o socialistas y que apoyan a López Obrador, sea directamente o incluso “críticamente”, están encaminando a los trabajadores mexicanos a una trampa.

Encabezando estas fuerzas, se encuentra el Partido del Trabajo, cuyas victorias en las elecciones legislativas le han proporcionado a la coalición de MORENA su mayoría en Congreso.

El PT fue fundado por autoproclamados maoístas. Pese a la ideología capitalista de AMLO, el PT afirma ser anticapitalista, antiimperialista y defensor de un programa político del “socialismo del siglo veintiuno”, es decir, en línea con las políticas adoptadas por líderes latinoamericanas como Hugo Chávez de Venezuela, Rafael Correa de Ecuador y Evo Morales de Bolivia. En el análisis final, tales políticas solo pueden servir los intereses del capitalismo y el imperialismo.

La única alternativa para la clase obrera es construir un nuevo partido revolucionario, independiente de todos los sectores de la burguesía y que luche por unir las luchas de la clase obrera mexicana con las de los trabajadores en Estados Unidos y por todo el continente americano para acabar con el capitalismo. Esto significa la construcción de una sección mexicana del Comité Internacional de la Cuarta Internacional.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 3 de julio de 2018)