Francia: ¿Qué se debe hacer con los $100 mil millones de Arnault?

por Will Morrow
27 junio 2019

La semana pasada, el multimillonario francés Bernard Arnault, director ejecutivo y accionista principal del grupo minorista de moda lujosa LVMH, se convirtió en la tercera persona en la historia en superar los 100 mil millones de dólares estadounidenses de riqueza personal. Solo el presidente ejecutivo de Amazon, Jeff Bezos (con un valor de $157 mil millones) y el jefe de Microsoft, Bill Gates ($102,9 mil millones) son más ricos.

La riqueza de Arnault ha aumentado en $32 mil millones desde el inicio de 2019, más que cualquier otro multimillonario, lo que lo coloca por delante de Warren Buffett como el tercer hombre más rico del mundo, con $100,4 mil millones. El aumento se debió a una subida del 40 por ciento en el precio de las acciones de LVMH, después de las ventas récord y las cifras de ganancias de 2018 y el primer trimestre de 2019. El gigante minorista controla 4.650 tiendas minoristas y 70 marcas a nivel mundial, incluyendo la marca de ropa lujosa de Luis Vuitton, y marca de perfumes Dior.

La fortuna de Arnault es el resultado directo de la explotación de miles de trabajadores de ropa y textiles en todo el mundo, quienes trabajan en una cadena de talleres clandestinos para producir elementos de diseño vendidos por cientos o miles de euros para los placeres de los ricos y los súper ricos.

Por ejemplo, un informe de 2017 del periódico Guardian dice que en dos de las fábricas rumanas que producen zapatos y componentes para bolsos y maletas para Luis Vuitton se estimó que sus 800 trabajadores producen aproximadamente 100.000 pares de zapatos cada año. Recibieron el salario mínimo local de alrededor de €232 por mes después de impuestos. Esto también significa que les tomaría un poco más de tres meses ganar lo suficiente para comprar solo un par de zapatos de precio mediano de los que fabrican. Le tomaría a cada uno de ellos 11.494 años ganar lo que Arnault cobró hasta ahora en 2019.

La continua bonanza de las ventas de ropa de lujo, automóviles, joyas, yates y mansiones muestra cómo la élite corporativa está gastando cada vez más en sus propios caprichos egoístas, aunque la gran masa de la población en Francia y del mundo se enfrenta a una creciente pobreza, desempleo y falta de vivienda.

Los ingresos de Arnault solo este año son tan grandes que la cifra es prácticamente incomprensible. En promedio, su riqueza creció en $1,23 mil millones cada semana. Asumiendo que duerme un promedio de ocho horas, se va a la cama todas las noches y se despierta $58 millones más rico. Su riqueza crece $2.000 por segundo.

Arnault personifica el dominio sobre la vida económica y política de Francia con una oligarquía corporativa. Es propietario del diario parisino Le Parisien, así como del diario financiero Les Echos. Disfruta de estrechos vínculos personales con políticos de todos los partidos principales. En 1995, según informes, fue uno de los dos testigos del matrimonio de Nicolas Sarkozy, el abogado y futuro presidente de derechas de Francia.

A la ceremonia de 2005 de la boda de Delphine, la hija de Arnault, celebrado en el antiguo castillo de 400 años de antigüedad, en Burdeos, asistieron Sarkozy, Bernadette Chirac (esposa del expresidente Jacques Chirac) y el principal funcionario del Partido Socialista Hubert Védrine.

Védrine es miembro de la junta directiva de LVMH desde 2009, y personifica la puerta giratoria corrupta que conecta a los políticos de todos los partidos principales en las salas de consejo de las corporaciones a las que sirvieron fielmente durante sus mandatos. Védrine fue un asesor cercano del presidente François Mitterrand (Partido Socialista, PS), y fue su secretario de Estado a principios de los años noventa. Fue ministro de Relaciones Exteriores en el gobierno de “Izquierda plural” dirigido por el PS de Lionel Jospin desde 1997 hasta 2002.

Arnault hizo su fortuna a partir de los años ochenta. Hijo de un magnate de la construcción, se mudó a los Estados Unidos a principios de la década e intentó, sin éxito, crear su propio imperio empresarial en el sector de la propiedad inmobiliaria estadounidense.

Bernard Arnault

Mientras que él es a menudo citado como un ejemplo de la fuga de Francia de los súper ricos por miedo a la elección de Mitterrand en 1981, fue de hecho el gobierno de Mitterrand el que jugó un papel clave en ayudar a crear su fortuna.

En 1984, con el apoyo del Estado francés, Arnault compró la compañía textil francesa casi en bancarrota Boussac, que incluía la etiqueta de perfume Christian Dior, por la suma simbólica de 1 franco. Tras haberse comprometido públicamente a proteger todos los empleos de la fábrica de textiles, en cinco años había vendido la mayoría de los activos de la compañía, despidiendo a unos 8.000 trabajadores. Su fortuna está directamente asociada con la desindustrialización y el asalto salvaje a la clase obrera francesa en los años '80 y '90 bajo el PS, forzada por las burocracias sindicales lideradas por los estalinistas.

Arnault es un partidario público del presidente francés Emmanuel Macron, y le dijo al Financial Times este mes que Macron entiende correctamente que “la riqueza de un país se debe al éxito de sus compañías”.

¿Qué se haría con $100 mil millones en una sociedad racional?

Colocando los ingresos de Arnault en términos relativos, los $32 mil millones que ha recibido desde el comienzo del año es un poco más de lo que las Naciones Unidas afirmaron que sería necesario para proporcionar alimentos a todas las personas que pasan hambre en el mundo durante un año y evitar totalmente el hambre.

De manera equivalente, podría utilizarse para duplicar el número de enfermeras en Francia y, además, aumentar el salario anual de todas las enfermeras a €9.000. Esto ayudaría de alguna manera a abordar la crisis permanente en el sistema de salud francés que ha provocado una ola creciente de protestas espontáneas en todo el país contra las salas de emergencia estiradas hasta el punto de ruptura.

Suponiendo que estas dos medidas se promulgaran, la fortuna restante de Arnault alcanzaría para gastar los $11 mil millones que la Organización Mundial de la Salud estima que se necesitarían para reducir por la mitad el número de personas en el mundo que no tienen acceso a agua potable, muchas de ellas en países africanos que sufrieron la opresión histórica del imperialismo francés y europeo, y $26 mil millones para brindar educación a todos los niños del mundo que no la reciben actualmente.

Estas cifras constituyen una poderosa defensa de la expropiación y la necesidad de la reorganización socialista de la sociedad. El control de la muerte de la élite capitalista sobre la vida social es incompatible con las necesidades más elementales de la clase trabajadora, que produce toda la riqueza de la sociedad.

Esta es la razón por la que el gobierno de Macron ha reaccionado a las protestas de los “chalecos amarillos” contra la desigualdad social no con concesiones, sino con gases lacrimógenos, balas de goma, cañones de agua, granadas de aturdimiento y perros de ataque. En Francia, como en todos los países, la clase dominante responde al crecimiento de la oposición en la clase obrera con un giro hacia la dictadura para defender la riqueza de los súper ricos.

La única política racional es expropiar la riqueza mal adquirida de la élite corporativa y financiera en Francia e internacionalmente, para utilizarla para satisfacer las necesidades sociales más apremiantes de la población mundial. Esto significa sacar a las grandes corporaciones y bancos de manos privadas y transformarlos en servicios públicos, llevado bajo el control democrático de la clase obrera y organizarse de acuerdo con la planificación científica para garantizar a cada persona en el mundo un alto nivel de vida.

(Publicado originalmente en inglés el 26 de junio de 2019)