Con la publicación de A propósito de nada, la autobiografía de Woody Allen, siguen los ataques venenosos de #MeToo

por David Walsh
8 abril 2020

A propósito de nada, New York: Arcade, 2020, 400 págs. A propósito de nada es la autobiografía recientemente publicada del comediante y director de cine Woody Allen, que aborda su infancia en Brooklyn en las décadas de 1930 y 1940, así como su carrera cinematográfica y sus problemas personales más recientes.

Como recordarán los lectores, el anuncio a principios de marzo de Hachette Book Group, un gigante de la industria, sobre su publicación del libro de Allen provocó protestas de Ronan y Dylan Farrow, los hijos distanciados del veterano cineasta. Dylan Farrow, su hija adoptiva, acusa a Allen de abusar sexualmente de ella cuando era niña, una acusación descartada por investigaciones exhaustivas. Ronan Farrow insistió ridículamente en que el trabajo de Allen debía ser “chequeado” antes de ser publicado, probablemente por el propio Farrow.

Woody Allen

Ante las quejas de la familia Farrow y protestas de sus propios empleados en Nueva York, Hachette se rindió cobardemente a las fuerzas de #MeToo (#YoTambién) y canceló los planes de publicar la autobiografía.

Posteriormente, Arcade Publishing, editorial propiedad de Skyhorse Publishing, publicó A propósito de nada el 23 de marzo.

Al fracasar en el intento de silenciar a Allen, los elementos de #MeToo, sin vergüenza alguna, se dedicaron a atacar su trabajo autobiográfico. El Washington Post, el New York Times y The Guardian/Observer se unieron en el esfuerzo por difamar y desacreditar al director de 84 años. Cabe acotar que la campaña contra la autobiografía coincide con el esfuerzo hasta ahora exitoso de evitar que Un día lluvioso en Nueva York, el filme de Allen de 2019, sea distribuido en Estados Unidos.

Esta no es la ocasión de analizar A propósito de nada desde cada ángulo, o de emitir un juicio final sobre la carrera cinematográfica de Allen. Su libro es un relato deliberadamente jovial, de “bajo perfil”, cuyos intentos humorísticos a veces funcionan y a veces fallan. Allen ofrece algunas reflexiones limitadas sobre su vida y obra y numerosas anécdotas intrigantes. Más allá de que no sea sincero cuando afirma enérgicamente que no es un “intelectual” y reconoce que “nunca hizo una gran película”, ciertamente no hay motivo para que el lector deseche la contribución de Allen como comediante en las décadas de 1950 y 1960 y sus años más interesantes como cineasta, desde 1977 (Annie Hall) hasta 1992 (Maridos y esposas).

En todo caso, el ensañamiento con A propósito de nadatiene poco que ver con su arte y mucho que ver con la negativa de Allen a arrodillarse ante sus críticos.

A propósito de nada

Su crimen más imperdonable es atreverse de manera elocuente y convincente a presentar una defensa contra los cargos de abuso sexual de 1992 que involucraron a Dylan Farrow, que en aquel entonces era una niña de siete años. Allen menciona las dos investigaciones principales realizadas sobre las acusaciones: “Una de la Clínica de Abuso Sexual Infantil del Hospital Yale–New Haven, a la que la policía recurría en tales asuntos, y una del Centro de Bienestar Infantil del Estado de Nueva York. A diferencia de muchas mujeres cuyas quejas sobre conducta sexual inapropiada fueron barridas debajo de la alfombra y no fueron tomadas en serio, la acusación [de Mia Farrow] fue tomada con la mayor seriedad”.

Allen cita extensamente la conclusión por escrito de la Clínica de Abuso Sexual Infantil del Hospital de Yale–New Haven, que constató que “Dylan no fue abusada sexualmente por el señor Allen”, y, además, que “consideramos que las declaraciones de Dylan en video y sus declaraciones durante nuestra evaluación no remiten a hechos reales que le ocurrieron a ella el 4 de agosto de 1992”. La clínica llegó a la conclusión de que Dylan inventó sus declaraciones o que la niña “fue entrenada o influenciada por su madre, la señora Farrow. … Consideramos que es probable que una combinación de estas dos formulaciones sea la mejor explicación para las acusaciones de Dylan de abuso sexual”.

Además, señala Allen, “la acusación de abuso sexual fue descartada por los investigadores del Centro de Bienestar Infantil del Estado de Nueva York que examinaron el caso cuidadosamente durante catorce meses y llegaron a la siguiente conclusión. De la carta recibida el 7 de octubre de 1993, cito: ‘No se encontró evidencia creíble de que la niña mencionada en este informe haya sido objeto de abuso o maltrato. Por lo tanto, se considera que este informe es infundado’”.

Los argumentos de Allen han tenido un cierto efecto. En las reseñas hostiles del libro apenas se mencionan las acusaciones de Dylan Farrow. Por ahora, las negaciones bien argumentadas de Allen han dejado esas acusaciones en un segundo plano, pero sus agresores encuentran motivos nuevos, y a veces viejos, para su hostilidad.

Uno de los comentarios más sucios apareció el 27 de marzo en el Washington Post, escrito por Monica Hesse, redactora y “columnista de género”. Se puede juzgar el carácter general del artículo por su título, “Si se ha quedado sin papel higiénico, la autobiografía de Woody Allen también es de papel”.

Ronan Farrow en marzo de 2019

Hesse se refiere alegremente a “la controversia original” sobre el libro, “la antigua acusación de Dylan Farrow de que Allen, su padre adoptivo, abusó de ella en 1992”. Ella reconoce que las “acusaciones fueron investigadas en su momento; Allen las ha negado, y nunca fue acusado judicialmente”. Sin que ello la detenga, empero, Hesse afirma que “no es necesario volver a investigar esas acusaciones para tener sentimientos sobre este libro: tanto las personas culpables como inocentes pueden ser aburridas, vengativas y autocomplacientes”.

Continúa ingeniosamente, “Usted solo tiene que preguntarse a sí mismo: ¿le gustan los libros de 400 páginas en los que directores millonarios, de 84 años, ganadores del Oscar, que navegaron con éxito por Nueva York y Hollywood durante medio siglo con control creativo ilimitado, que moldearon la cultura pop masiva de acuerdo a su visión del mundo, ahora se retratan como ingenuos inocentes que no pueden tomarse un respiro?”.

Actualmente, se bloquea la exhibición de las películas de Allen en Estados Unidos y se realizó un intento coordinado para suprimir su autobiografía. El director fue denunciado por docenas de actores y se transformó en un paria en la industria cinematográfica estadounidense, mientras la prensa lo somete a una campaña de difamación interminable. Si Allen, sea cual sea su carrera y buena fortuna anterior, no es ahora una víctima de maltrato y persecución directa, ¿qué es?

Hesse continúa en su tono crudo, “Unos momentos después del lanzamiento del libro, algunos sitios web comenzaron a imprimir listas de las cosas más extrañas. Pero no pude hacer eso aquí sin darle a Ronan Farrow la oportunidad de comentar primero, y la idea de hacerle algunas de esas preguntas me dieron ganas de tirarme por el inodoro”.

Dwight Garner, en el New York Times (“La nueva autobiografía de Woody Allen es a veces divertida —y sorda y banal”, 26 de marzo), expresa descontento con la decisión de Hachette de abandonar el libro de Allen e insinúa un cierto escepticismo sobre las acusaciones de Dylan Farrow. Pero el carácter posiblemente sospechoso de “la controversia original” que rodea a Allen tampoco le impide adaptarse a la histeria de #MeToo. Otra cosa sería impensable en las páginas del Times .

Allen, “un hombre del siglo XX en un mundo del siglo XXI”, se queja Garner, “es increíblemente sordo sobre el tema de las mujeres”. Casi cada vez que se menciona a una mujer en A propósito de nada, el artículo del Times dice, “hay un pronunciamiento gratuito sobre su apariencia. … La respiración pesada se vuelve más intensa a medida que avanza el libro. … Christina Ricci ‘era muy deseable’. Léa Seydoux ‘era 10 puntos’. Rachel McAdams ‘parece un millón de dólares desde cualquier ángulo’”. Garner cita a Allen diciendo que Scarlett Johansson no solo era “talentosa y hermosa sino que era sexualmente radioactiva”.

Asqueroso, pornográfico —uno puede ver fácilmente por qué Allen merece ser desterrado. Luego, Garner rinde homenaje a Ronan Farrow —exagente del Departamento de Estado y exasistente de Hillary Clinton, un canalla redomado— por ser alguien que “ha crecido para ser periodista, un resuelto y honrado denunciante del mal que hacen los hombres poderosos”.

Sobre A propósito de nada también había que escuchar la voz especial y piadosa del liberalismo inglés (que, según la frase de Trotsky, habla con “un grado de vulgaridad absoluta”), a través del Guardian y el Observer, periódicos implacablemente moralizantes e infinitamente vacíos. Catherine Bennett, columnista del Observer, sugiere (“Rendir cuentas: la autobiografía de Woody Allen es la denuncia más irrebatible”, 29 de marzo) que las “propias palabras del director de cine revelan que es un aventurero manipulador, sexista y repugnanate”.

Menospreciando el tema de la censura y los derechos democráticos, Bennett escribe en broma que “[el autor] Stephen King, entre muchos otros, tenía razón al preocuparse por la supresión [de la autobiografía]. La única persona que se beneficiaba con el silencio de Woody Allen era Woody Allen”. Allen, continúa, “es, como se alegó anteriormente, un hombre sobre el que las chicas y mujeres deberían ser aconsejadas [para apartarse]—a menos que realmente les guste ser un objeto”.

Bennett escribe: “Si el objetivo principal del libro es presentarlo como un padre libre de culpa, creativo y cariñoso, difamado por una excompañera calculadora, él parece un poco menos decidido a que los lectores se sorprendan de que haya disfrutado de lo que describe como ‘aventuras románticas’ con innumerables mujeres encantadoras, a menudo notablemente más jóvenes”. Otra vez, esto es para escandalizarse.

La columnista del Observer se muestra especialmente indignada por la referencia de Allen a “los fanáticos de #MeToo”, una percepción que aquel comparte con la mayoría de la población, que cada vez más piensa que la colección de denunciantes de Hollywood y sus defensores en los medios, como Bennett, son egocéntricos, neuróticos y vengativos.

En A propósito de nada, Allen se refiere al carácter inescrupuloso y reaccionario de la campaña en su contra. Hacia el final de la autobiografía, señala que los diversos actores y actrices que lo denunciaron y prometieron no trabajar con él “nunca vieron los detalles del caso (no pueden haberlo hecho y llegar a su conclusión con tal certeza)”, mientras algunos de ellos “dijeron que ahora es su política creer siempre en la mujer. Espero que la mayoría de las personas pensantes rechacen esa estrechez de miras. Quiero decir, díganselo a los muchachos de Scottsboro”.

Superándose “uno al otro en coraje”, esas personas “estaban en contra del abuso infantil y no tenían miedo de decirlo, particularmente con estos nuevos descubrimientos científicos en física de que la mujer siempre tiene razón”.

Allen menciona su aparición en El testaferro (1976), sobre la época macartista, y agrega que él era “muy consciente de lo que Lillian Hellman llamaba ‘tiempo de canallas’, cuando tantos hombres y mujeres asustados u oportunistas se comportaron mal. Lo menciono porque muchos actores y personas del espectáculo me dijeron a mí y a varios amigos, en privado, lo horrorizados que estaban por la publicidad claramente injusta y repugnante que yo recibía y que estaban firmemente de mi lado, pero al preguntarles por qué no hablaban y decían algo, todos admitían que le temían a las repercusiones profesionales”.

Allen señala con razón la ironía de que Ronan Farrow intentó suprimir una entrevista de la revista New York Magazine con Soon-Yi Previn, hija adoptiva de Mia Farrow y esposa de Allen durante el último cuarto de siglo, quien pintó una imagen negativa de su madre. Allen escribe, “¿No es esta la quintaesencia de la hipocresía cuando Ronan escribe un libro crítico de NBC por tratar de suprimir su historia sobre [el productor de cine] Harvey Weinstein? Pero supongo que cualquier cosa funciona”.

En general, la campaña contra Allen y A propósito de nada ha mostrado a muchos el carácter intimidatorio, de lista negra, de la campaña #MeToo. Se habla mucho de que “las voces deben ser escuchadas” —excepto las voces con las que uno no está de acuerdo.

Estos son elementos de derecha, que seleccionan “monstruos” —en este caso, un individuo que nunca fue acusado judicialmente de un delito, y mucho menos condenado por uno— para espantar e intimidar a capas desorientadas e ensimismadas de la clase media acomodada, capas muy ansiosas por desviar la mirada ante los grandes problemas de pobreza, desigualdad social y guerra. Mientras las masas de la población se mueven hacia la izquierda, a medida que el capitalismo se desacredita irrevocablemente en la actual calamidad de la pandemia, los “fanáticos de #MeToo” se sumergirán cada vez más en la reacción política y social.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 3 de abril de 2020)