Observaciones preliminares de las elecciones presidenciales de EE.UU.

5 noviembre 2020

En las primeras horas del miércoles, no hay un resultado en los comicios presidenciales estadounidenses. Sin embargo, el hecho de que sea una elección reñida es una condena devastadora para el Partido Demócrata y su incapacidad para presentar cualquier alternativa progresista a la política fascistizante del Gobierno de Trump.

Al tiempo de edición, tanto el candidato demócrata Joe Biden como el presidente republicano Donald Trump veían posible una estrecha victoria en el Colegio Electoral. Debido a los atrasos para contar los votos de papeletas, que asumieron protagonismo en la elección por el peligro del coronavirus, puede que no se den a conocer los resultados en Wisconsin, Michigan y Pennsylvania hasta el fin de semana.

Trump capturó Florida, Texas y Ohio y mantenía una leve ventaja en Carolina del Norte y Georgia, estados que ganó en 2016. Pero fracasaron sus esfuerzos para ganar New Hampshire y Minnesota, donde estuvo cerca en 2016. Parecía probable que tampoco lograra imponerse en Nevada.

Si Trump ganara el Colegio Electoral, sería el segundo presidente estadounidense en ser reelegido por un margen menor que en su victoria inicial. El primero fue Barack Obama.

Incluso si Biden lograra ganar a duras penas, no será para nada la avalancha que se esperaría para el rival del responsable de 235.000 muertes en EE.UU. por la pandemia global de coronavirus, la peor crisis económica desde la Gran Depresión y esfuerzos abiertos para movilizar fuerzas fascistas y establecer un régimen autoritario en Washington.

En la madrugada del miércoles, Trump declaró victoria basándose en los resultados iniciales y dejó en claro sus planes para desafiar el conteo pleno de votos. “En lo que nos concierne, ya ganamos”, dijo Trump en un discurso en la Casa Blanca, añadiendo, “Iremos a la Corte Suprema de EE.UU. Queremos que se detenga toda la emisión de votos”.

En los días previos a la elección, Trump insistió repetidamente que los resultados electorales debían decidirse en la jornada electoral, algo que no está respaldado ni en la legislación ni la Constitución. Trump, quien no está en ninguna posición para declararse ganador, está continuando sus conspiraciones políticas.

Los demócratas hicieron todo lo que pudieron para suprimir la oposición popular a las conspiraciones de Trump y a su incitación de violencia fascistizante en el periodo previo a la elección. Deliberadamente restaron importancia a las amenazas de violencia de Trump, incluso cuando iban dirigidas a gobernadores demócratas como Gretchen Whitmer en Michigan y Ralph Northam en Virginia.

El Partido Demócrata ha sido incapaz de ganar a un sector sustancial de los trabajadores rurales y de las pequeñas ciudades que votaron por Trump en 2016. Decidió avanzar una campaña basada en la política de identidades, apelando a las capas adineradas de la clase media-alta con base en cuestiones de raza y género, mientras que nunca avanzó un programa económico para lidiar con la crisis social desatada por la pandemia.

En 1932, los demócratas bajo Franklin D. Roosevelt obtuvieron una victoria abrumadora prometiendo el “Nuevo Trato” para las personas trabajadores estadounidenses en medio de la mayor crisis económica en la historia.

Sin embargo, los demócratas abandonaron hace mucho cualquier política de reforma social o cualquier llamado a los intereses de clase de los trabajadores, cultivando en cambio una base social en la clase media-alta en relación con el rendimiento de los mercados financieros, utilizando llamados a compartir privilegios a partir de la raza y el género.

Su oposición a Trump en su primer término se centró en la política exterior, exigiendo una política más agresiva hacia Rusia, mientras buscan movilizar una base de apoyo dentro del aparato militar y de inteligencia. Han intentado desviar y suprimir deliberadamente cualquier oposición social más amplia a las políticas derechistas de Trump.

Ahora, en 2020, así como con Clinton en 2016, el Partido Demócrata ha demostrado ser incapaz de ofrecer algún programa para enfrentar la crisis social que afecta a la clase obrera en grandes partes del país, particularmente en áreas económicamente devastadas como los Apalaches y las ciudades y pueblos desindustrializados en el centro del país.

En Ohio, por ejemplo, Trump pudo ganar los condados de Trumbull y Mahoning, incluyendo las ciudades de Youngstown y Warren, devastadas primero por el cierre de plantas siderúrgicas a partir de los años setenta y más reciente por General Motors, que cerró su enorme fábrica en Lordstown el año pasado con la colaboración del sindicato United Auto Workers.

En Michigan, al tiempo de edición, Trump incluso llevaba una ventaja en el condado de Genesee, donde la ciudad de Flint sufrió una horrenda crisis de envenenamiento de plomo, así como en los condados de Saginaw y Bay. Todos estos tres condados alguna vez estuvieron dominados por fábricas de GM que cerraron. Y Trump ganó el condado de Macomb, el centro de la producción automotriz en los suburbios de Detroit.

Los resultados de la votación al Congreso son igual de inconclusos que el voto presidencial. No está claro si los demócratas obtendrán los tres o cuatro escaños que necesitan para una mayoría en el Senado.

Los demócratas capturaron los escaños del Senado previamente controlados por republicanos en Colorado y Arizona, mientras que perdió la banca del legislador actual Doug Jones en Alabama, pero el resultado de las contiendas para el Senado en Maine, Carolina del Norte y Montana siguen inciertas. Los republicanos mantuvieron sus escaños contra desafíos demócratas bien financiados en Carolina del Sur, Georgia, Mississippi, Kansas, Iowa, Texas y Kentucky.

El Partido Demócrata mantuvo su mayoría en la Cámara de Representantes pese a sufrir varias derrotas, incluso perdiendo dos escaños en el sur de Florida, donde legisladoras de primer mandato fueron derrotadas por republicanos cubano-estadounidenses en campañas estridentemente anticomunistas. Los demócratas obtuvieron dos escaños en Carolina del Norte después de una orden judicial de redibujar el distrito.

Como consecuencia, es completamente posible que la configuración política en Washington, con Trump en la Casa Blanca, Mitch McConnell como líder de la mayoría del Senado y Nancy Pelosi como presidenta de la Cámara de Representantes, se mantenga en 2021, a pesar del año de convulsiones sociales, económicas y políticas ininterrumpidas. Esto tan solo demuestra que las estructuras políticas en Estados Unidos son completamente impermeables ante las presiones populares e incapaces de responder a la crisis social más profunda desde la Gran Depresión de los años treinta.

Su bien la conclusión de las elecciones presidenciales sigue siendo incierta, el trayecto general de la elección ha demostrado lo correcta que es la perspectiva del Partido Socialista por la Igualdad, que rechazó en su propia campaña todos los esfuerzos para subordinar a la clase obrera al Partido Demócrata y la campaña de Biden.

Independientemente de cómo evolucione la situación en los próximos días, la lucha de clases debe desarrollarse y se desarrollará. La clase obrera debe ser armada con un programa socialista en oposición a ambos partidos y todo el sistema capitalista.

(Publicado originalmente en inglés el 4 de noviembre de 2020)

Patrick Martin

 

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